Monday, February 21, 2011

Notes from "Letters to a Young Contrarian", Letter XI and XII

Letter XI


I trust I will lose none of your respect if I remind you once again that the forces of piety have always and everywhere been the sworn enemy of the open mind and the open book. Do not think for a moment that I have exhausted this point!

One must avoid snobbery and misanthropy. But one must also be unafraid to criticise those who reach for the lowest common denominator, and who sometimes succeed in finding it.

Letter XII

One is sometimes asked "by what right" one presumes to offer judgement. Quo warranto? is a very old and very justified question. But the right and warrant of and individual critic does not need to be demonstrated in the same way as that of a holder of power. It is in most ways its own justification.

To the question, Who do you think you are? I can return the calm response: Who wants to know?

The next one comes from A Contribution to the Critique of Hegel’s Philosophy of Right by Karl Marx. Usually this quote is shortened to Religion is the opium of the people. But that's almost out of context. Instead, here's the full text where it appears.

Religious distress is at the same time the expression of real distress and the protest against real distress. Religion is the sign of the oppressed creature, the heart of a heartless world, just as it is the spirit of a spiritless situation. It is the opium of the people.
The abolition of religion as te illusory happiness of the people is required for their real happiness. The demand to give up the illusions about its condition is the demand to give up a condition that needs illusions. The criticism of religion is therefore in embryo the criticism of the vale of woe, the halo of which is religion.
Criticism has plucked the imaginary flowers from the chain not so that man will wear the chain without any fantasy or consolation but so that he will shake off the chain and cull the living flower.

One must have the nerve to assert that, while people are entitled to their illusions, they are not entitled to a limitless enjoyment of them and they are not entitled to impose them upon others. Allow a friend to believe in a bogus prospectus or a false promise and you cease, after a short while, to be a friend at all.

[I]f you decide to pass judgements and make criticisms and take forward positions, you both can and should expect a few hearings to convene on yourself. A welcome prospect, I trust. It certainly helps prevent the art and science of disputation from dying out amongst us.

Thursday, February 17, 2011

Transformación de bar

Cuando vivía en Atlanta, disfrutaba de la caminata diaria desde mi oficina en Georgia Tech hasta mi apartamento. En el camino tenía la facilidad de pasar por la zona llamada Midtown. Una región que combina los edificios corporativos, hoteles, restaurantes, bares, discotecas y similares en una atmósfera de exclusividad y arquitectura moderna.

El destino de casi todos los martes era RíRá Irish Pub. Lugar con luz tenue y hermosa decoración. La especialidad era comida y bebida de origen irlandés. Las cervezas simbólicas: Guinness, Smithwicks y Harp. Mi cena tradicional: Fish & chips con una Guinness. Comida abundante, ambiente relajado y ocasionalmente música irlandesa.



Como todo lo bueno tiene un final, mi tiempo en Atlanta terminó. Pero eso no implica que tenga que abandonar la tradición alegremente adquirida y necesariamente adaptada. Ha sido una costumbre que nació cuando vivía en Louisiana, donde cada jueves el grupo de relatividad numérica peregrinaba al bar local. Cada vez que me he mudado de ciudad he tenido que encontrar un antro diferente, que se ajuste a mi trayectoria del campus a casa. Afortunadamente, nunca han faltado opciones, y la tradición ha continuado.

Ahora que vivo de nuevo en Guatemala City, el camino de la U a mi casa pasa invariablemente por el Centro Histórico de la ciudad. Tomar el transmetro y la reciente renovación de la Sexta Avenida son dos hechos cuya conjugación tiene por resultado una caminata desde la 18 calle a lo largo de la Sexta, bajando por la Novena hasta el parque Colón, donde tomo la otra camioneta a casa. Obviamente no tengo necesidad de hacer este inusitado recorrido pero ¿qué se puede hacer cuando uno disfruta las cosas?

Aquí es donde entra la transformación de bar. Una transformación dramática. No sólo la cerveza y la comida es diferente, sino el ambiente, la cultura, la música... Ahora he cambiado el fish & chips por las boquitas de revolcado y morcilla (aún no me gustan del todo, ¡pero tampoco me gusta dejarlas allí!), la Guinness por la Moza, el violín y la gaita por la marimba y los boleros en vivo, la arquitectura moderna por los edificios de antaño, la tiendas de conveniencia por los kioskos de joyería y numismática. Un cambio que no lamento en lo más mínimo. Ya lo extrañaba todo. Aunque creo que antes de irme no había crecido ni vivido lo suficiente para apreciarlo. El Centro Histórico es un lugar único.

Sean siempre bienvenidas las transformaciones de bar, de ciudad, de trabajo, de cultura, de amigos. Lo importante es que cada una de estas transformaciones sea "suave y continua" de modo que todas ellas tengan una "transformación inversa" que podamos utilizar para estar siempre en contacto con todos los buenos, inolvidables y fugaces momentos pasados.

Friday, February 11, 2011

Gente buena sin dios

Hay gente que no necesita de un supervisor celestial para hacer cosas buenas. Click en la imagen para agrandar. Sitio original aquí.

Monday, February 7, 2011

El bus de regreso

Tomé el bus en la esquina del parque Colón, entre 9a. calle y 11a. avenida. El bus no era de los grandes. Más bien era de esos pequeños Mercedes Benz con una pequeña trompa. Pintado de rojo, en la tradición de los buses urbanos. Por lo menos cabe uno de pie sin tener que doblar la columna vertebral. Traía gente parada, pero no venía muy lleno.

Le doy al "brocha" un billete de cinco quetzales mientras subía las gradas, extendiendo mi mano en espera del vuelto. El brocha me dice que son cinco quetzales. Retiro mi propia mano vacía y termino de subir las gradas, levantando las cejas y pensando: "que robo, cinco quetzales a las ocho de la noche..." Lo único que me consoló fue pensar que por lo menos era más barato que tomar un taxi. Después de ese cobro, que era cinco veces màs del valor real del pasaje, se queda uno pensando que estos tipos son unos deshonestos, dignos de ser enemigos públicos de los buenos ciudadanos que regresan a sus casas después de un día de labores.

Me acomodé justo detrás del asiento a la derecha del conductor. Ese es el asiento comúnmente destinado a la traidita del conductor. Y efectivamente, en ese asiento donde normalmente cabrían unas tres personas sentadas, venía una sola chica. Delgada de piel morena, labios prominentes y dientes pronunciados. Lo que en buen chapín se llamaría "trompuda", mas no en forma despectiva. La chica tenía un buen aire y figura esbelta. Diría yo que no pasaría de los 20 años. Pero es difícil hacer una buena estimación con la tenue luz verde emanada por lo que parecía un marco de placa de vehículo colocada en el techo con los cables colgando. Un tipo que venía a la par mía trató de hacer conversación con la chica mientras el bus paraba en una gasolinera a cargar diesel y agua para el radiador. El tipo no paraba de presionar la teclas de un teléfono celular que traía en las manos. En eso le dice a la chica:
--- "Se te rompió en pantalón." Señalando la rodilla izquierda.
--- "Ya estaba roto." Contestó ella, con una sonrisa amable. Y seguramente ese pantalón ha estado rompiéndose poco a poco desde los últimos cuatro o cinco meses. Ella termina la conversación con el extraño, sacando la cabeza por la ventana y gritando algo al piloto de unos vientitantos años, que supervisaba el llenado del tanque.

El bus se fue llenando cada vez más. Como yo tenía la suerte de ir justo detrás del asiento de la traida del piloto, no me decían que me corriera en la fila de en medio. De pronto me percaté que la mano izquierda del piloto no era normal. Parecía tener una mano más pequeña y sin dedos. Al ver eso como que el enojo de haber cobrado cinco quetzales se hizo un poco menor. En el momento en que el tipo para el bus en una gasolinera a cargar diesel, toda la gente se pone de una mal humor generalizado. Por el lugar donde yo iba, el tipo me pide que le dé permiso para poder bajar del bus, al mismo tiempo que me dice que puedo poner mi mochila en la paquetera que se encuentra justo arriba de su asiento. Por alguna razón desconocida eso mitigó el hecho de parar a echar diesel. Era como si después de todo el tipo sabía ser amable con la gente que llevaba. Claro, amable en términos relativos, pues en esas circunstancias las personas casi son reces apretujadas en un espacio limitado. Pero no puede uno dejar de pensar que este pobre piloto y su ayudante tienen un nivel económico inferior a la media. El hecho de estar cobrando cinco veces más el valor del pasaje suena como a medida de desesperación, más que a una decisión arbitraria de hacer riqueza.

Finalmente llegué a mi parada y bajé del bus. No sin dejar de pensar la vida que el piloto y su ayudante (y también la traidita) deben librar todos los días. Una vida más dura de la que yo mismo conozco. Una vida en donde la cultura y el conocimiento son lujos inalcanzables, lo que importa es llevar dinero para subsistir día con día en un ambiente donde sobrevive el más listo y el más fuerte.

Cómo quisiera que la realidad fuera diferente y que estas personas tuvieran la oportunidad que yo mismo he tenido de poder alcanzar una educación y acceso a todo tipo de recursos.

No pude dejar de pensar en lo que todas estas personas podrían llegar a ser dadas las oportunidades básicas. Talvez será algo que nunca sabremos en el futuro inmediato. Quisiera pensar que la situación pueda cambiar por el bien todos los que vivimos y vivirán en este querido territorio, pero la verdad es que no lo sé, y no creo que nadie lo sepa...