Monday, July 12, 2010

Humanidad, primer intento: la religión

Existe una galaxia de entre miles de millones, que a su vez contiene miles de millones de estrellas. Alrededor de una de ellas gira un pequeño planeta azul. En este diminuto e insignificante lugar prospera una cierta especie animal. Esta especie de mamíferos bípedos ha ocupado el planeta durante menos tiempo de lo que dura un suspiro de escala cosmológica. Sin embargo, se han convencido a sí mismos, haciendo gala de su inocencia e ignorancia, que todo el universo les fue otorgado por un agente sobrenatural para proveerles propósito y existencia. En su pequeñez y debilidad, los mamíferos bípedos han crecido y madurado como especie. Pudiera ser que estén empezando a salir de su niñez y abran los ojos a su pubertad, mirando hacia atrás y recordando sus primeros pasos.

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La religión es nuestro primer intento colectivo de entender el mundo. Los humanos somos sencillamente una de las tantas especies animales que viven en este planeta. Hemos evolucionado de formas de vida muy simple y menos sofisticadas. En cierto momento de nuestra evolución, nuestro cerebro alcanzó la suficiente complejidad y desarrollo para albergar el proceso psicológico de la conciencia. Esta conciencia no sólo nos permitió el elaborar un modelo mental de la realidad en la que estamos sumergidos, sino también --- y más importante --- nos permitió la posibilidad de percibir nuestro propio ser. Nos proveyó del pensamiento de que estamos aquí, en el mundo. Así ganamos una visión consciente en la que nos vimos a nosotros mismos luchando en un mundo exterior. Un mundo externo al cuerpo que alojaba el cerebro que hacía el análisis de la realidad, de la cuál él mismo era parte.


Durante la mayor parte de la existencia del homo sapiens, hemos vivido con miedo del mundo que nos rodea. Muchas cosas sucedían a nuestro alrededor y no sabíamos la causa. Estábamos indefensos ante todo tipo de desastres naturales, terremotos, inundaciones, incendios, enfermedades, hambruna, dolores de muela, muerte, etc. Todo esto sucedía frente a nuestros ojos como si algún poder misterioso nos estuviera mandando maldiciones. Ese poder mental que nos permitió vernos a nosotros mismos como agentes activos de nuestro ambiente nos dio la habilidad de calificar los diferentes eventos entre buenos y malos. Las cosas malas eran aquellas que causaban dolor y sufrimiento, tristeza y miedo. Ni siquiera teníamos palabras para esas ideas, sin embargo sabíamos perfectamente cómo se sentían. Era horrible. Y eso era todo lo que sabíamos. A medida que el tiempo transcurrió, aprendimos a comunicarnos. Primero verbalmente y luego de forma escrita. Durante todo ese lapso --- y talvez más --- los humanos tuvimos tiempo de sobra para armar teorías sobre la naturaleza de los eventos que acontecían ante nosotros. Ahora no era únicamente la experiencia de nuestra propia vida, sino también las narraciones de nuestros ancestros transmitidas de generación en generación, constituyendo un bloque de memorias, hechos y tradiciones. Algunos hechos seguramente deformados y exagerados después de incontables versiones. Algunos otros inventados deliberadamente, narrados por siglos, hasta que nadie se cuestionó más la veracidad de las historias.


En cierto momento del progreso humano como especie animal, algunos pensaron que sería muy ventajoso el tener un conjunto de reglas que fueran acatadas por todos. Vivir en grupos de gente cada vez más grandes invitaba a la necesidad de crear reglas de buen comportamiento. En aquellos tiempos sin leyes ni reglas, en principio, todo mundo podía hacer lo que se le daba la gana. Obviamente, un buen comportamiento era aceptado por la comunidad mientras que el mal comportamiento, aquel que ofendía o dañaba a los miembros del poblado no era tolerado por la mayoría. ¿Cuál fue la cosa más natural que pudo haber sucedido? Alguien o algún grupo de gente inventó reglas de conducta. Reglas que procurarían la coexistencia pacífica de la gente en la comunidad primitiva. Este vendría siendo el origen de los valores morales. Reglas que son aceptadas por todos como buenas. El imponer un castigo en aquellos que rompieran las reglas exhortaría a la gente a seguir las mismas. Tan bueno como parece, muy probablemente la necesidad de convertir esos lineamientos en algo absoluto e irrefutable era una idea que flotaba en el aire para aquellos líderes primitivos. De esta manera, alguien tuvo la siniestra idea de inventar una historia. Un cuento en donde estas reglas no fueron hechas por personas, sino por un ser supremo que las imponía sobre la gente de forma absoluta. Un ser supremo que recompensaría a aquellos que siguen sus preceptos y que castigaría a aquellos que no lo hicieran. La monumental trampa, el engaño máximo por excelencia sería que el castigo y la recompensa no serían otorgados durante la vida, ¡sino después de la misma!


Así fue como probablemente el cuento pasó de generación en generación hasta que alguien lo plasmó en letras. Por supuesto que esta no era la única historia que se había inventado. Muchas otras historias circulaban por los alrededores, explicando el por qué de la existencia humana, cada una de acuerdo a las historias y tradición de cada tribu. ¿Será que por eso es que hay tantas religiones diferentes? Los astutos autores del cuento le hicieron creer a todo mundo que había una fuerza suprema en acción, observando y juzgando todo lo que hacíamos durante la vida. Al final de la misma, tendríamos que presentar cuentas a este imaginario ser supremo. Probablemente fue así como la bola de nieve de la religión empezó a rodar y hacerse grande hasta llegar a lo que es ahora.


La religión fue nuestro primer intento para encontrarle sentido a la vida. El primer intento de crear un sistema de valores morales para vivir en paz en sociedad creciente. Pero en aquellos remotos tiempos sabíamos muy poco acerca de la Naturaleza misma. Nuestra basta ignorancia era sólo superada por el deseo de encontrarle sentido y propósito a los eventos. Después de varios miles de años, los humanos hemos desarrollado nuestra propia comprensión de la Naturaleza. Un conjunto sólido de conocimientos sobre nuestro mundo. Ese conjunto se llama conocimiento científico. No necesitamos de dioses para explicar por qué las cosas suceden a nuestro alrededor. Ahora sabemos en gran parte cómo funciona la Naturaleza y podemos explicar las cosas en función de la intrincada labor de la leyes naturales.


A medida que el tiempo pasa, a medida que el conocimiento científico se vuelve disponible a cada ser humano, la religión irá cayendo en desuso. Se puede observar que mientras más aprende uno, menos se necesita de un dios para justificar nuestra mera existencia. Sólo se necesita una mente abierta y racional. Una mente dispuesta a abandonar la contaminación de la retórica religiosa. Una mente que esté dispuesta a ver el universo como realmente es. Una mente que no necesite aferrarse de la mano protectora de una madre. Una mente dispuesta a caminar por sí misma y a aceptar los hechos que están allí para ser vistos y apreciados por cualquier ser humano. Una mente que no se deje ilusionar por voces misteriosas hablando por dentro o visiones mostradas en sueños. Necesitamos aceptar la naturaleza de nuestra propia mente y aprender que las voces interiores e incluso nuestra misma intuición son procesos mentales que suceden en nuestro cerebro y no la voz de un ser supremo que nos habla.


La ciencia podría ser el segundo intento de entender el mundo. ¿Podría haber un tercero o cuarto intento? No tengo la más remota idea. Sin embargo creo que esta es realmente la era de la ciencia. La ciencia como un método genuino para aprender sobre nosotros mismos y nuestra realidad. La religión era un paso necesario en esa dirección. Pero justo como muchas especies --- ahora extintas --- que precedieron al hombre moderno, la religión deberá ceder su paso a la ciencia. Y en su debido tiempo, talvez la ciencia tenga que ceder el lugar para lo que sea que venga después, si es que eso algún día sucede.


Es triste saber que hay gente que nace, crece y muere creyendo en la religión; pues habrán muerto creyendo una mentira. Una mentira que no se parece --- ni siquiera por un instante --- a la magnífica realidad que la ciencia moderna ha revelado ante nuestros ojos. Realmente me gustaría que las personas se dieran cuenta de lo que se están perdiendo. Un universo lleno de grandeza que nos enseña a ser humildes, belleza más allá de nuestra imaginación y una complejidad jamás concebida ni en nuestros sueños de delirio.


Por primera vez en la historia de la humanidad, el conocimiento científico está disponible para todo aquél dispuesto a buscarlo. Ojalá que pueda llegar a la mayor cantidad de gente y más aún, que ese conocimiento pueda liberar a cuantas mentes sea posible. La verdad tiene ese efecto liberador. Sólo así podremos seguir avanzando a niveles superiores de humanidad.